Metida hasta el tuétano en la barbarie, transformada en un monstruo, lo sé, pero se sentía tan natural aquel estado, que mi conciencia no alertaba, alguna futura acción digna de culpa. La tarde era calma y tan brillante, dorada y con un viento ténue, testigo... más que testigo, azuzador.
Él y su respiración leve como el vientecillo que entraba por la ventana, me pedía morir y mi jeringa atestada del néctar asesino (y no esta vez, de la medicación diaria) se arrastraba hacia sus delicadas venas, me llevaba como extasiada hacia su piel, con el mismo deseo de nuestros primeros contactos. Me moría por penetrarlo y sumergir la muerte en su sangre, como él a mi. Sería como todos los días, pero esta vez, no llenaría su cuerpo con los líquidos perversos prescritos por el imbécil de su viejo amigo médico, sino le llenaría con fluidos escogidos por mi para provocarle la última exhalación, esa que inhalaría con mi boca, absorbería aquel aliento y lo llevaría conmigo. Me pertenecerás.
Tomé su brazo, en vez de aplicar un algodón con alcohol, lamí su piel salada e inoculé.
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1 comment:
puro líqudo dulce y venenoso
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